Kotodama
Por Guillermo Garde
Es conocida por todo el mundo la capacidad que tiene el sonido sobre los estados
de ánimo y la evocación de la imaginación. Hoy en día
numerosas escuelas de medicina, reconocen las propiedades de la música
para aliviar el estrés, calmar la mente, regular el sistema nervioso
simpático, favorecer la concentración o la relajación,
así como todo lo contrario. Algunas investigaciones han demostrado que
la música es beneficiosa para el postoperatorio contribuyendo a una pronta
curación.
Vivimos en un mundo de sonidos. No sólo están los sonidos de la naturaleza que inspiran a los poetas, los músicos y los artistas en general, también la actividad humana produce sus sonidos. En las grades ciudades el exceso de ruido es un problema que altera la salud. En las oficinas se usa cada vez más la llamada música de ambiente. De una forma real, el sonido tiene efectos que actúan de manera sobresaliente sobre el subconsciente y el cuerpo. No hay necesidad de ser totalmente conscientes de una música de fondo o del ruido urbano para sentir sus efectos, que a la larga, pueden ser tanto beneficiosos como perniciosos. La música, (que proviene del griego “musa”) es la gran inspiración de la naturaleza.
El cerebro humano está especialmente dotado para
crear música. Ruido y armonía pueden ser factores importantes
para la vida. Hace poco vi en la televisión las quejas de un grupo de
gente que vive cerca de los aeropuertos. Sufren de numerosas jaquecas, no pueden
dormir y discuten a menudo alterados por el constante tronar de los aviones
que altera sus relaciones personales; están expuestos a un ruido que
supera la capacidad de asimilación del cerebro. Piden que esta situación
cambie. Tienen una batalla imposible de ganar. Al final se marcharan si no quieren
acabar locos. En otro programa vi un documental de un músico que captaba
los sonidos de diferentes ciudades, Venecia, París, Londres, Berlín,
New York, Tokio, Estambul, El Cairo, etc. Cada urbe tiene unos sonidos característicos.
Esto influye a su vez en la situación social y la convivencia. Efectivamente,
el sonido de las ciudades forma y expresa el carácter de sus habitantes.
Hoy en día el sonido del mundo está en los hogares gracias a que
la televisión está en todas partes. Sin ninguna duda esto afecta
a nuestro comportamiento y nuestras relaciones.
La música y la danza acompañan a la humanidad desde su origen. Tanto para los pueblos indígenas como para las grandes civilizaciones el sonido es una fuerza creadora. Puede sublimar el espíritu y también puede acompañar a la batalla. El sonido es poder creativo o destructivo. Acompaña a la vida en las fiestas, acompaña a la muerte en los funerales, acompaña los ritos religiosos y los grandes auditorios. En diferentes culturas el sonido tiene su componente sagrado y profundamente espiritual: los mantras, los cánticos, los rezos, las danzas de la lluvia, de la caza, de las cosechas. Son ritmos y vibraciones desarrolladas para sublimar el espíritu y llevar a la mente más allá del pensamiento. Intentan llegar al sonido primordial del Universo, la música de las esferas. El sonido genera ritmo, sensación y acción concentrada, de un individuo o de una comunidad.
El kotodama es en Japón la ciencia sagrada del
sonido. Si habría que comparar al Kotodama japonés lo compararía
con el cante hondo del flamenco, que hunde sus raíces en la India y Egipto,
(como apuntan algunos versados en el tema), o con los cantos rituales de los
indios americanos y los chamanes mongoles. Kotodama, que significa “el
sonido del espíritu” es heredero de las tradiciones budistas y
chamánicas que llegaron a Japón a través del Yogakarya
y el tantrismo tibetano y mongol. La práctica del Kotodama tiene como
finalidad activar la sensibilidad a través de la respiración y
el ritmo, actuar sobre la consciencia del practicante para trascender los sentidos
ordinarios y “resonar” con la energía del Universo. El Maestro
Ueshiba, heredero de todas estas enseñanzas y estudioso del Budismo Shingon
y las disciplinas del Mikkyo en su juventud y el Kotodama del Shintoismo, las
incorporó al Aikido de tal forma que el Aikido y el Kotodama son indisolubles
en su esencia.
El Kotodama impregna la vida del Japón. Al igual que las campanas en las iglesias de occidente, el canto gregoriano u otros sistemas religiosos, el Shintoismo japonés se sirve del sonido como potencia creadora y mística. Los monjes Yamabushi (literalmente guerreros de la montaña) realizan recitaciones interminables de mantras acompañados de gestos mágicos o mudras para ayudar a la comunidad. Se les atribuyen numerosos poderes psíquicos y de clarividencia, caminan sobre el fuego y se sumergen en cascadas de agua helada para demostrar sus proezas y el control de sí mismos (siguen la Vía de los Poderes o Shuguendo y no dudan en mostrar sus proezas en público). Todas estas prácticas están llenas de los cánticos del Kotodama. El Aikido no es una excepción. La finalidad de los sonidos en el Aikido es la de lograr la armonía y la coordinación del cuerpo y de la mente a través de la respiración. Podríamos decir que constituye una “respiración vibratoria”.
El Kotodama y el Aikido.
La primera dificultad con la que me encuentro para hablar sobre este asunto
es que los sonidos Kotodama pertenecen al universo de las sensaciones y sólo
una práctica continuada puede otorgar la experiencia necesaria. Fuera
de ámbito del dojo no tienen ningún sentido. Además son
absolutamente ininteligibles incluso para los japoneses, pues usan voces muy
antiguas cuyo significado sólo conocen los Maestros y tal vez algunos
lingüistas versados en la materia. En realidad, tiene poca importancia
conocer su significado conceptual, pues se busca la sensación que producen
tales sonidos cuando surgen del interior. Tal es la finalidad del mantra o de
la combinación voces y ritmos. El mantra en sí mismo basta para
la finalidad de que el cuerpo, la mente y el lama vibren al unísono.
Generalmente observo que el único “sonido” Kotodama que se práctica en el Aikido hoy día es el rito establecido (ya casi de forma automática) de las cuatro palmadas, el saludo “rei” y con algunas excepciones, el ritmo de funakogi undo (o furutama como lo llama Saotome Sensei, uno de los discípulos directos del Maestro Ueshiba) o ejercicio de “remo” que consiste en vibrar el cuerpo a un determinado ritmo al mismo tiempo que se dice “ei-ho” y el kiai o “grito”, éste último bastante desnaturalizado. La situación con respecto a esta parte del Aikido es, digamos, “conveniente” y “adecuada” para la mentalidad occidental, generalmente inclinada hacia el pragmatismo y utilitarista desde el punto de vista de un Aikido deportivo o auto defensivo, pero que no se corresponde en absoluto al sentido que daba el Maestro Ueshiba al Aikido.
Por otro lado, las fuentes de las que disponemos para
investigar y profundizar en esto son muy escasas y sólo puedo hablar
de mi propia experiencia e investigación, cogiendo retazos por aquí
y por allá. Si escribo sobre esto es con el fin de mostrar las posibilidades
y la profundidad del Aikido a aquellos que estén interesados más
allá de la defensa personal o cosas parecidas. Personalmente dirijo mi
práctica del Aikido en otra dirección encaminada a la armonización
interna. Respeto otros enfoques que buscan exclusivamente la eficacia marcial
pero no los comparto. Tampoco prescindo del entrenamiento exhaustivo en el dojo
sin olvidar el cultivo y el estudio del waza o las diferentes técnicas
de base. Mi intención es intentar comprender el pensamiento del Maestro
Ueshiba y no abandonar nunca sus principios fundamentales de armonía,
fusión, flexibilidad, relajación y no resistencia.
Ciertamente la práctica del Kotodama no es atractiva a los ojos de la mayoría, pero esto es sólo por que se ignoran los beneficios que aporta a la larga sobre la condición del “terreno” personal. Este “terreno” es el cuerpo, la mente y la psiquis del practicante. Esta práctica debe ir “calando” poco a poco. El Aikido no tiene límites establecidos y tampoco tiene fin. Sólo a condición de respetar sinceramente sus principios será beneficioso y así se evitarán riesgos de hipertrofia muscular o atrofia de las articulaciones. Sobre esto, personalmente conozco a varios practicantes entrenados que se han dirigido a mí par aliviar sus dolores, pero sus circunstancias son tan desfavorables y sus dolores tantos que no les permite continuar a pesar de sus buenas intenciones.
La depresión es inevitable en estos casos. Sus “terrenos” personales están descompuestos y necesitan ayuda médica (rodillas desgastadas, muñecas abiertas, caderas atrofiadas, etc). A la larga poner el énfasis sólo en la destreza física conduce a la rígidez del cuerpo y sus indeseables consecuencias. Por esta razón no recomiendo la práctica del Kotodama a los principiantes y pongo como condición su actitud ética, su compromiso en el dojo y en la vida y su desarrollo respiratorio, tal y como a mí me enseñaron y siguen enseñando.
A estas alturas diría que a algunos de mis alumnos incluso les parecería extraño prescindir de la experiencia de los 28 kiais al final de la clase. Según ellos mismos es una de las cosas que más les agrada y entusiasma. Parece ser que se sienten mejor cuando vuelven a sus quehaceres cotidianos que si no se hace el kiai. ¿Es sólo una costumbre?, tengo serias dudas de que sea así.
Observo que tiene un efecto positivo sobre su evolución
personal y su mejora del waza y de su respiración y les ayuda a captar
más en profundidad la esencia del Aikido, aunque todavía es algo
prematuro afirmarlo categóricamente. Habrá que esperar algunos
años más. Después de 17 años de andadura estoy convencido
de que el Kotodama y el Aikido son un todo indivisible y constato que el Maestro
Ueshiba jamás separó ambas cosas. Separarlo es algo que han hecho
los demás según su interpretación y tendencias personales.
El Aikido incorpora el Kotodama como parte de la gran visión integradora
del Budo que el Maestro Ueshiba desarrolló.
La unión de la respiración y el sonido es natural y forma parte
del desenvolvimiento del Ki. Los seres humanos hablamos porque respiramos. Los
diferentes sonidos me permiten comprender la profundidad de la respiración,
su función reguladora del terreno personal y el efecto que tiene sobre
la percepción de la realidad. También me permite profundizar en
la enseñanza del Maestro Ueshiba que creó el Aikido para ennoblecer
el corazón de los hombres y hacernos comprender el profundo vínculo
que tienen nuestras vidas con la naturaleza.
Kotodama y respiración.
La respiración es de vital importancia para entender el Aikido. Es la
fuente del Ki, la energía de la vida. El Aikido “respiratorio”
está menospreciado pues siempre se busca la eficacia para vencer o ser
mejor que los demás. A mi juicio, los que así piensan desconocen
realmente el potencial que encierra el Aikido y creen que yo practico un Aikido
“suave” y “dócil”.
Esto no me atañe, estos juicios son para mí totalmente absurdos. El Aikido es la vía de la coordinación del Ki y es un sistema perfectamente establecido por el Maestro Ueshiba. Se basa en el respeto absoluto hacia la vida. No hay que ponerle ningún otro nombre, pero hoy día prevalecen las “revisiones” y las mezclas de diferentes estilos. Es una situación típicamente occidental, analizar las partes, sintetizar y rebautizar los estilos personales para rivalizar con el resto (yo hago esto, tú haces aquello, etc).
La Unidad de la enseñanza del Maestro Ueshiba está rota.
La respiración en el Aikido es “abdominal”, debe profundizar
más allá del diafragma, hacia la pelvis y llenar completamente
el organismo a partir de este punto. Cuando la respiración profundiza
es el cuerpo entero el que respira. Una de las funciones del Aikido es experimentar
esta respiración total e integral. Esta región por debajo del
diafragma hasta la pelvis es el Hara (vientre), el centro vital del ser humano.
El desarrollo del Hara y su expansión es lo que, a lo largo de la evolución,
ha permitido al hombre caminar erguido y liberar sus manos para desarrollar
su inteligencia. El Hara es conocido en oriente por diferentes nombres. Los
chinos le llaman Tan Tien, los hindúes lo llaman Kundalini. Todas las
disciplinas de oriente centran la respiración en esta región y
más concretamente en un punto situado bajo el ombligo llamado Tanden
o Seika Tanden (La entraña secreta) o Kikai (el océano del Ki).
La función de la respiración ventral es muy conocida en general por los practicantes de las artes marciales y el yoga (pranayama o la absorción del prana, la energía vital o Ki), y tiene efectos tonificantes sobre el sistema nervioso, regula la circulación sanguínea y permite una transpiración continuada. Se dice que el que tiene un Hara bien desarrollado puede realizar muchas cosas sin aparente esfuerzo; tiene el arte del Hara (haragei).
El Hara es una sensación de estar en el “centro”
de uno mismo. A partir de ahí surgen todos los movimientos del Aikido
de manera fluida y distendida. Los sonidos del Kotodama también surgen
como consecuencia de la proyección de la respiración hacia el
mundo exterior desde el Hara. Más concretamente son una expresión
de la resonancia interior creada por la respiración concentrada en el
Tanden El Kotodama es una resonancia especial del Tanden que atraviesa las cuerdas
vocales pero en ningún momento las somete a tensiones excesivas que pueden
conducir a la afonía prolongada. Dicho así parece fácil
de comprender pero otra cosa muy distinta es realizarlo. La afonía es
muchas veces inevitable. Forma parte del camino a recorrer. Sólo en la
medida que la respiración y la concentración en el Tanden aumentan,
los sonidos se hacen más y más vibrantes y limpios.
Otro aspecto es la visualización, que juega un papel muy importante.
Los sonidos deben visualizarse como una corriente que mana del Tanden hacia
el mundo exterior a través de la columna vertebral. La visualización
y la creación de una tensión “singular” en el Tanden
es una experiencia que sólo uno mismo puede conseguir. Nadie puede hacerlo
por uno mismo. Sólo un entrenamiento constante supervisado puede hacernos
sentir. Estás cosas no se piensan, hay que sentirlas.
Cuando esto sucede ya está, se comprenden automáticamente.
Siempre se puede llegar más lejos y todo depende de la calidad y la cualidad
de la respiración, de la concentración, de la relajación
y de la visualización. Estas condiciones no siempre son las mismas ni
se manifiestan con la misma intensidad y naturalidad. El terreno es cambiante
y hay que comprender los errores como algo natural. En cada momento se está
un nivel de “afinamiento” diferente y hay que adaptarse a las situaciones
cambiantes del cuerpo, de la mente y del Universo que nos rodea. En el Kotodama
el cuerpo actúa como un “instrumento sonoro” que necesita
ser afinado cada vez.
Es también cierto que el sonido puede ser aplicado sobre algunas zonas
del organismo. En esto precisamente consisten las disciplinas de los tantras
tibetanos o las vías del Budismo Mahayana o Vajrayana, pero para esto
se requieren mucha experiencia, entrenamiento y un adecuado desarrollo de la
sensibilidad. Estas cualidades son muy difíciles de encontrar hoy en
día y con estas cosas no se juega. El sonido puede actuar sobre los centros
nerviosos de la cabeza y de la misma forma que pueden eliminar instantáneamente
una jaqueca también puede producir dolores o hipersensibilización.
Lo mismo sucede con la contracción y relajación
muscular. Si la tensión es excesiva las contracturas son inevitables.
He conocido gente que ha tenido faringitis por realizar una práctica
mal guiada de kiai o debilitar su organismo. Yo mismo he tenido que pasar por
esta experiencia. Una sesión de kiai puede resultar más agotadora
que una practica prolongada de ukemis o kokyu nages. Todo depende del “terreno”
de cada uno. En cierta manera el kiai o “grito”, por ejemplo, es
algo natural a nuestras vidas. Pede decirse que nuestro primer kiai fue el llanto
al nacer (la plenitud del Hara) y el último, casi inaudible, será
el suspiro al morir, (la vacuidad del Hara). Entre uno y otro hay toda una vida
y la vida resulta muy difícil de evaluar.
A parte de la visualización existe otra condición indispensable:
la relajación activa. Imaginemos que vamos a tensar un arco. La extensión
de la cuerda puede originar un sobreesfuerzo que causará tensión
en los hombros, el cuello y los brazos. Los sonidos Kotodama hay que realizarlos
con una total relajación de los hombros, las cervicales y los músculos
de la garganta al mismo tiempo que se mantiene la columna vertebral bien asentada
en la pelvis. Los sonidos deben ir surgiendo naturalmente desde el Hara y la
intensidad en decibelios (que muchos buscan) no es importante. La relajación
permitirá la extensión de las cuerdas vocales y la vibración
por todo el cuerpo.
He observado como muchos karatekas aceleran artificialmente la tensión de los músculos cuando realizan un kiai creyendo así que la potencia reside en tener músculos fibrosos o de “acero”. Esto es falso. La contracción inmoviliza el cuerpo y esto puede ser peligroso. La presión sanguínea se colapsa y puede haber sorpresas en forma de “tirones” involuntarios. Los sonidos Kotodama no son gritos o cantos en el sentido que entendemos habitualmente.
La relajación es de vital importancia. En condiciones normales esto es más asequible pero cuando se trata de practicar bajo un chorro de agua fría la cosa cambia, ninguna voz sale por la garganta debido a la contracción del cuerpo, el agua actúa sobre la nuca y todo el cuerpo se tensa, la respiración dorsal y pectoral se hace imposible. Esta contracción es parecida a cuando uno va a hablar y de repente ninguna palabra sale por su boca. La garganta se tensa y hay que dar un “trago” para aliviar la tensión antes de pronunciar palabra (glub!).
Este “glub” puede ser experimentado en situaciones
de emoción profunda como el llanto, que es la liberación natural
de la tensión general del cuerpo y en particular de los ojos y la glotis.
“glub” en este caso es un cambio de situación del terreno
que permite liberar la energía acumulada. Los sonidos Kotodama liberan
la energía igual que el “glub”. La tensión paraliza,
la relajación moviliza.
Durante la práctica es necesario prestar atención a la relajación:
cuando ésta desaparece es mejor parar y continuar en otro momento. Es
muy importante que la relajación actué sobre los músculos
abdominales y la pelvis. Una tensión excesiva en el vientre a la larga
puede causar problemas digestivos y dolor en las caderas. Hay que aprender a
concentrar el Hara y “empujar” hacia el Tanden sin crispación
ni contracción de hombros con el fin de que la respiración profundice.
Los sonidos Kotodama deben surgir como una espiración
natural y no como producto de la tensión abdominal. Se confunde la acción
de “empujar” el aliento hacia la pelvis con la acción de
tensar el abdomen. Ambas cosas son muy diferentes. La acción de empujar
genera un estiramiento de la columna vertebral a partir de la región
lumbar, importante para la ejecución del Kotodama. Este empuje se parece
más a cuando uno hace de vientre que a la tensión del abdomen.
De forma natural cuando se hace de vientre todo el mundo exterior “desaparece”
por un instante, es una función que exige toda la atención; si
algo nos altera, el esfínter se contrae y la función se detiene,
por ejemplo, con un susto.
Antes de llevar el aliento o soplo al Tanden es necesario inspirar “llenándolo”
completamente. Esto es también una sensación de plenitud. Es una
inspiración concentrada y durante el proceso la parte superior del cuerpo
debe estar relajada, sobre todo los hombros. Cuando el Tanden está lleno
entonces se “empuja” el aliento hacia la pelvis y se comienza el
canto Kotodama. El canto tiene un ritmo que cada practicante debe interiorizar.
Los sonidos deben surgir con sinceridad y limpieza de mente y el ritmo respiratorio
debe ser encontrado, interiorizado y sentido. Se busca la cualidad de la respiración
no la melodía. Con el tiempo los sonidos se comprenderán y el
ritmo correcto aparecerá. De esta forma los sonidos penetrarán
más y más al nivel del subconsciente.
No hay que olvidar que el Kotodama es un ejercicio de vibración y unión
con el Universo. El espíritu Aiki, de unidad y de armonía del
cuerpo y de la mente, debe prevalecer por encima del propio interés.
Los sonidos no se interpretan ni se conceptualizan. La resonancia que crean
es lo que cuenta. Es una técnica de inducción y los sonidos en
sí mismos tienen la fuerza necesaria y producen los efectos correspondientes
aunque no se sepa su significado.
Esto a los occidentales nos resulta muy difícil de comprender y asimilar.
Si no hay una búsqueda interior sincera y entusiasta es mejor no practicar estas cosas. La práctica se hace en un Dojo, donde las condiciones son las adecuadas, nunca fuera de él. Por lo tanto la transmisión de este ejercicio que forma parte del camino del Budo es directa y su función es la de mejorar y forjar el carácter hacia la tolerancia y el bien de la humanidad. Al igual que los monjes tibetanos los monjes yamabushi japoneses usan los mantras y los mudras para atender las necesidades de la comunidad, nunca para sus propios fines. La finalidad es altruista. El Kotodama pertenece a las enseñanzas más puras de Oriente y su objetivo es expresar la budeidad y la realización del ser más allá de sus intereses egoístas. Forma parte de los sabios Bodhisattvas o “Budas de la Compasión”. El amor a todos los seres vivientes es su cualidad. En todos las reglas espirituales de oriente los sonidos nunca van solos, todas estos caminos o “Do” siempre van acompañados del perfeccionamiento interno, la meditación y el ejercicio del cuerpo y de la mente. De lo contrario es imposible captar su esencia y su finalidad.
Ejemplo de Kotodama.
Si pongo un ejemplo de canto Kotodama es sólo para los practicantes de
Aikido que estén interesados en el tema. El aikidoka debe decidir qué
quiere y cuál debe ser su orientación según sus inquietudes
personales. Mi intención es dar alguna indicación sobre el alcance
de la filosofía del Aikido en particular y del Budo en general, pues
la “Vía del Kotodoma” no es exclusiva del Aikido.
Posiblemente el mantra más conocido en occidente sea la formulación
“Om Mani Padme Om”, tanto del budismo como del hinduismo, a través
del Yoga (Tantrayoga) y la meditación Zen (Zazen). “Om Mani Padme
Om” para los yoghis y budistas es el sonido del Ser Interno, cuya imagen
es la de una flor de Loto que se abre y su finalidad es actuar sobre los llamados
Chakras o “Centros de Energía” del cuerpo, sedes de diferentes
estados de conciencia.
Esto es muy conocido hoy día en occidente.
El Kotodama es la “versión” japonesa de estás prácticas que se remontan a miles de años, realizadas por los Maestros de todas las disciplinas místicas de la historia. Los yamabushi usan la fórmula “A Ba Ka Ki Um”, equivalente. Los mantras están destinados, bajo un práctica guiada y adecuada a “afinar” los nervios de la zona sacro-pelviana (entre otros) con el fin de hacer surgir la potencia del Ki. Esta zona es llamada Kundalini en el Yoga. De esta manera los monjes pueden aumentar su capacidad de concentración hasta límites insospechados y realizar diferentes proezas. Estos mantras ayudan a controlar el flujo de energía y las funciones del cuerpo. Algunos monjes son capaces de secar toallas mojadas, sentados desnudos sobre el hielo.
Otras formas de recitación consisten en la repetición
de sutras o discursos del Buda, como en el caso del budismo Zen y la recitación
de la Pragna Paramita o “Sutra de la Gran Sabiduría”. Todas
estas prácticas no son tampoco exclusivas de oriente, por ejemplo en
el ámbito de la mística judía o el Islam se usan los cantos
que actúan directamente sobre la respiración para favorecer la
experiencia mística de unión con lo Divino. Tal es el caso de
la Kabalah, que usa la combinación de ciertas letras o los cantos Sufís
del Islam. En el cristianismo esto casi ha desaparecido por completo, con la
única excepción del conocido Canto Gregoriano. Los cantos iniciáticos
también son comunes entre los indios americanos y las tribus de África
(Macumba y Candomble) y la cuenca amazónica. Todos son sonidos espirituales,
cargados de una significación sagrada: sonidos primordiales del universo
y del espíritu humano.
A continuación presento un Kotodama del Aikido, entre otros que el Maestro
Ueshiba utilizaba:
“SU-YU-MU A-O-U-E-I”
“MA-SA-KA-TSU A-GA-TSU”
“KA-TSU-HA-YA-BI A-I-KI-O-KA-MI”
“A-UM NO KOKYU OM”
“SU” es la primera vibración que surgió del Universo
Primordial. Es la imagen de una espiral en expansión.
“MU”, “YU-MU” es el Vacío que se expande creando
así el Universo.
“A-O-U-E-I” es el sonido puro de las vocales. Esta fórmula
no es única del Japón también los es de la Kabalah judía
y cristiana, pues en la combinación “IEOUA” forman el “Nombre
de la Divinidad”. Este sonido cantado potentemente es la divinidad oculta
en la naturaleza. Representa la respiración, el aliento, lo divino o
KAMI
“MASAKATSU AGATSU” es “La verdadera victoria es la victoria
sobre uno mismo”. El Maestro Ueshiba decía: “Si la mente
y el cuerpo son verdaderos, las técnicas del Aikido serán verdaderas”.
“KATSUHAYABI” es el aquí y ahora. Tiene el significado de
la primera luz del día.
“AIKI O KAMI” es la divinidad representativa del Aikido. Es el soplo
o aliento específico que despierta el Aikido en el interior del practicante.
“A-UM NO KOKYU OM” es la Respiración del Universo.